No sé si deba contar esto, pero cuando uno ama hay cristales que estallan.

Hasta ahora lo descubro, quizás porque no había amado antes. Quizás porque todo contigo era compacto, estático, abarcable.

Sé que te dolerá esto, dirás ‘es otra de sus idioteces’. Pero, créeme, si te enamoras, si te llegas a enamorar de verdad, no volverás a ver un cristal ni nada, intacto, sólido. Empezarás a ver y sentir todo como frágil, percutor, anguloso. Y procurarás atomizarte, amando, desnuda, abierta, entregada, desbocada.

¿Recuerdas nuestro último atardecer?

Cuando me fui, forzado-destronado, la bicicleta no podía sostenerse sin riesgo de que se pincharan las llantas. No le presté tanta atención a ese hecho, más preocupado por alejarme de ti que por las reacciones insólitas que presentaba el momento, ese filoso momento.

Hice algo tonto, como prueba, como una suerte de conjuro para evitar ese destino que nos alejaba: pedaleé como si no hubiera destino inflexible. Me enfilé directo al momento en que nos conocimos. Comprobé que pedalear en el tiempo es más incómodo que en el espacio, aunque mucho más reconfortante.  

Lo cierto es que pedaleé hacia atrás y la bicicleta aceptó el desafío. Y avanzó, corrijo, retrocedió con gusto y rapidez. No espero que me creas, pero después de muchas calles, con los ojos en la espalda, llegué al principio, a nuestro primer encuentro.

Pero esta vez, te evité. Me miraste profunda y deliciosamente, como lo recordaba. Sin embargo, seguí de largo hacia aquella chica, no tan linda como tú, que igual me estaba mirando desde el otro lado del parque ¿La recuerdas?

Tenía el cabello largo y negro, opuesto a ti, unos ojos apagados y dulces, detrás de unas gafas negras y toscamente rectangulares, que lo mismo la mimetizaban con el entorno y la protegían de irradiar esa fascinante belleza que guardaba con discreción, como esas flores que solo se abren para quien osa tocarlas.

Frente a ella, las llantas de mi bicicleta explotaron. Y algo en mí también, mi cuerpo, empezó a astillarse, quebrarse, fraccionarse.

Y allí quedé, un cuerpo de cristal esperando el leve soplo que le partiera en mil pedazos. Y ese soplo fue su aliento, su voz. Supe que me había enamorado y mi destino sería estallar junto a ella una y otra vez por siempre, para siempre, como ruedas estelares, girando, friccionando y entrelazando sus átomos, besos y deseos inabarcables.

 

Víctor Ojeda G.

Anuncios