Lavé una manzana, como de costumbre, antes de empezar a comerla. Mientras derramaba el agua sobre su cuerpo me detuve a reparar en sus volúmenes, el rojo rasgado, sus puntitos vermellón, naranja y marrón, la ramita delgada en la raíz y anchita en la copa.

Me senté en mi poltrona mirando la luz que se filtraba por la ventana. Empecé a degustarla con fruición. En cada mordisco disfrutaba el sonido del crujir, la textura, la potencia de esa maravillosa fruta entrando en mi sistema digestivo.

Cuando ya iba por la mitad de la degustación, un bocado me regaló una inusitada iluminación, una visión que sentí como verdadera y me arrastró en un recorrido inverso desde ese momento: el retroceso vital de esa manzana:

La vi en la cesta junto a otras manzanas y distinguí sus diferencias. La miré en la mano del recolector y, antes, prendida en su ramita original, pendiendo como un globito flotante en un espacio estático. Pude verla cuando solo era una minúscula manzanita brotando en su flor y yendo meses, años atrás la vi como una raíz desde la cual brotaría el frondoso arbolito que más tarde cobijaría decenas de frutas.

Quise ir más atrás en el tiempo, pero solo llegué hasta descubrir la semillita descansando en la tierra negra y húmeda, entre piedritas y musgos. Pero no pude ya entrever la unión celular que alguna vez fue y dio origen a ese voluminoso alimento que se perdía entre mis dientes, lengua y esófago. En ese momento me dí cuenta que la había devorado toda.

el arbol primordialEra como si la visión solo perdurara mientras paladeaba aquella fruta, esfumándose con el último bocado. Pero al finalizar esa suerte de ensoñación quedó el destilo de una gran certeza: sentí que mi vida era igual a la de esa manzana. En ese mismo momento -en todos- estaría siendo devorado por un ente que mi limitada vista me impedía abarcar.

La manzana ‘vive’ mientras está prendida en su rama, pero al ser arrancada no muere del todo. Su función vital queda suspendida, inerme, con el propósito de alimentar a otro ser o crecer en otra tierra.

‘Vivimos’ mientras permanecemos en el órgano primordial, ese árbol al que dimos vida y que, a la vez, nos nutrió hasta el desprendimiento. Y esto que creemos vida, es tan solo la etapa de suspensión en la que alimentamos a nuestro ogro particular ¿El tiempo? Quizás, pero esto no me preocupó en ese momento.

Concluí que nuestro deber, nuestra función, es ser sólidos, frescos, vitales, para así dejar el mejor sabor y energía en ese inmenso ser que no podemos ver, que volveremos a reconocer cuando el atardecer nos permita caer en una nueva tierra y crecer en nuestro próximo árbol primordial.

 

Anuncios