La nacionalización petrolera del año 75 trajo consigo el interés de cientos de inversionistas, investigadores y curiosos de diversas partes del mundo. La personalidad del mecatrónico Stephen Coetzer se podía resumir en estos dos últimos calificativos. Gozaba de un prestigio académico, equiparable con sus enigmas como individuo que se sumaban a los implícitos en su nacionalidad sueca.

Contrario a lo reseñado por la prensa de la época, el verdadero propósito de su visita tuvo poco que ver con una infausta y aburrídisima conferencia que dictaría, sin traductor, en un vacío auditorio de “la” facultad de ingeniería. Nunca se supo de cuál universidad (la única nota encontrada no se ruboriza en prescindir de este dato). Tampoco existe comentario alguno acerca de la temática de aquel discurso.

Como es de suponer, ese evento solo podía ser el pretexto detrás del cual se esconderían acciones censurables: cierto ministro, a cambio de una cuantiosa cifra, auspiciaría la entrada del primer réplico desarrollado por el Departamento de Biónica de la Upplanicks Star, compañía solo existente en papeles, de la cual Coetzer era el único representante, humano, existente. Por supuesto, el ministro jamás se enteraría de qué iba el asunto ni le interesaría. Pensó que todo se resumía a la entrada de un par de barcos de Upplanicks con supuestos desechos tóxicos (unos barriles que serían encontrados una década más tarde y sería catalogados por los denunciantes como el caso de “Los Barriles de la Muerte”). La otra petición del acuerdo era tan irrelevante que apenas se mencionó: ubicar en la aduana del puerto a un obrero sueco que garantizaría la discreción de la maniobra.

Ese trabajador era el réplico. Este autómata ya contaba con memoria conductual, propia de la función para la cual estaba programado. Sin embargo, el fundamento que Upplanicks estudiaría tenía que ver, principalmente, con la capacidad para asimilar fuentes de alimentación distintas a la codificiación secuencial. Lo que en lenguaje llano quiere decir que Coetzer pretendía hacer de su robot una máquina mimética.

Al igual que los niños copian su entorno, asimismo su réplico alcanzaría el grado de madurez cuando su integración con los humanos fuera absoluta. Al punto, desplazar de sus torpes maneras, las taras propias de su constitución sintética. Y lo lograría, aunque no podría comprobar sus alcances.

El escándalo de corrupción en el que se vería involucrada la aduana y el ministerio echó todo al traste. El réplico se refugió en el anonimato de una polvorienta pensión portuaria donde el calor, la cofradía de inquilinos y el olvido se conjugarían para revocar de su data la programación inicial, consumando totalmente el propósito que el mecatrónico sueco había prefigurado.

Más tarde se haría llamar El Ruso, asumiría una burda armonía de acción, en nada diferente a la de sus socios, y confiaría su cálculo al levantamiento de un emporio comercial sustentado en el contrabando.

Dos hombres le alentarían, con fervor, en esa empresa: dos oscuros caleteros de los viejos muelles se convertirían en fieles celadores de sus fechoría y, quizás de su secreto. Le servirían de modelo y discípulos. Aprendería sus mañas, sus simplezas, resentimientos y bajezas.

Ellos, reflejados en él, se sentirían reivindicados. Repentinamente orgullosos de su alevosa progenie conformarían el séquito de malhechores y adeptos para hacer del suyo un cónclave exitoso y devoto.

El resto es historia común a las mafias. Compraron lealtades y autoridades. Mediante dádivas ganarían el visto bueno de la comunidad y a quienes no, pues, lo normal, la aniquilación.

Se dice que El Ruso intuyó su fin poco antes de 1990, que empeñó todas sus fuerzas y dinero al rastreo de Coetzer, su mentor. Casualidad o no, esta búsqueda coincidió con la desaparición del científico y del mismísimo Ruso. Pero este último dato no es fácil de comprobar.

 

 

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