I

Hay días que comienzan antes del amanecer, mucho antes que los párpados, con su irreverencia matutina, lo confirmen. Nada sabemos (o entendemos poco o ponemos en duda) de lo que se articula en el despertar, hasta que reconocemos algo con la mirada. El lento parpadeo inicial libera la visión, expone el ojo a su porosidad elemental, a su acción de faro y sirena de los demás sentidos, como un animoso y probo lleva y trae. Podemos despertarnos gracias a un sonido abrupto, a la picada de un mosquito, a la intensidad de un olor penetrante (pocas veces por un sabor, es cierto), pero los créditos los endosa invariablemente la vista. El ruido sin confirmación pertenece al mundo de los sueños, como la existencia del insecto se circunscribe a la roseta fraguada, a la picazón. Abundan personas como proliferan ojos y sus acciones y sus ejecuciones y sus premios. La vida siempre me ha traído gente así, orbitales, empeñados en categorizar el entorno, en identificar actos, en avizorar indiscriminadamente los mínimos detalles que los demás no vemos o tardamos en pormenorizar.

Si fuese un sentido cualquiera, uno de los cuatro restantes sentidos, de seguro me la llevaría a golpes con la vista. Nunca me han gustado los exultantes, los pisa pasito, esos sujetos que salpican todo y se hacen notar sin escándalo (o con escándalo), en quienes se cree todo el tiempo, más por su perseverancia y método que por su sensatez o talento. Como López.

La madrugada de ese lunes que no se inició con el despertar sino como prolongación de la noche anterior (sin alba ni gallos de por medio), cuando regresaba de un meridiano y obligado viaje en auto y, a falta de negocios abiertos por Los Cortijos (y como había dejado las llaves de casa y debía esperar todavía a que Raquel retornase o buscarla por Altamira para aligerar la llegada), reventándome por un baño entré en una concurrida Arepera, cuyo nombre olvidé o  no he querido recordar (recordar es engrandecer, elevar en importancia).

Ese extenso amanecer (o interminable anochecer) se inició con López. Ese Lunes domingo o domingo lunes o primer doble día de la semana (o de mi vida, de la vida) para llamarlo de una manera más justa, vino con López.

 

El presente nunca lo asimos del todo, es sabido, se escapa en cada momento. El pasado deja de ser estático cuando lo convocamos, la memoria no es un cajón de fotografías, es un disco duro con imágenes, videos y documentos repetidos que, al abrirlos (al convocarlos), esperamos encontrar las versiones originales pero lo que obtenemos (lo que convocamos) son copias, backups de archivos con cambios y alteraciones recurrentes. Como un timeline insólito. Cuando emplazamos al pasado, éste suele proyectarse como una película en edición permanente. Y sin embargo existen certezas, sólidas recurrencias, como la de López. Si debo justificar la amargura con que prodigo mi infancia, el descrédito que rubrica mis primeros años de contacto social y familiar, en López siempre encuentro sólidos fundamentos, en lo que generaba, en lo que extraía de mí.

 

Mi madre y la suya eran amigas, de esos vínculos que surgen en las reuniones de padres y representantes como mutua necesidad de apoyarse en el rudo ejercicio de la crianza cuando se es sólo madre ama de casa o padre o ambas categorías, como era el caso de la mamá de López, que no tenía marido ni su hijo padre.

López era un par de meses menor que yo, pero todos en mi casa (mi padre y mi madre) lo trataban con respeto, muy diferente a las recriminaciones y mimos que me proferían sin términos medios. Nunca quise llamarlo por su nombre para evitar invocarlo (como en algunas religiones se prescinde enunciar el verdadero nombre de Dios) y para olvidarlo rápidamente (recordar es engrandecer, elevar en importancia), tarea por demás difícil con Beatriz, mi madre, recuperándolo tras cualquiera de mis desplantes “Mira a… (López), él siempre responde bien, obediente, amable, nunca reclama…” Esta psicología facilona no me estimulaba a copiar el modelo de López y sí a subestimarlo y a despreciarlo más (y por extensión a mi madre).

Nunca he hablado de esto con nadie, ni siquiera con Raquel (al menos hasta esa noche del domingo lunes cuando desperté como si el lunes siguiese siendo domingo, después de haber visto a López).

Habrán pasado cerca o más de veinte años desde la última vez que lo vi. Esto no es difícil de creer (si lo dijese él no lo sería) pero lo reconocí de inmediato, las manos apretaditas como el viejito precoz que era entonces y ahora se había consumado. La quijada alta y la mirada baja, el pelito claro uniforme ocultando la mitad de su frente. Nunca ha tenido frente. De chico me preguntaba qué había en su cabecita, nunca hablaba sino se le exigía, nunca saltaba, nunca se movía, siempre portando esa sonrisa calada de marioneta. Lo odiaba, me repugnaba, pero también lo envidiaba, no por ser como él, pero sí para poder recibir sus premios. Soñaba con escuchar alguna vez a su madre conminándolo como lo hacía la mía “López (sí, en mi ilusión ella lo llamaba como yo no me negaba a dejar de nombrarlo) mira a Agustín, sé como él, vivaz, enérgico, irreverente”.

Una mujer hermosa su madre, altísima (mi memoria no ha hecho más que elevarla), rubia de ondulaciones brillantes, usaba un vestido de flores que exponía con elegancia sus firmes y blancas pantorrillas (no sé por qué pero estas resultan material preciado para cualquier niño) rematadas por unos tacones pardos y pulidos que se parecían a mis zapatitos de domingo, que siempre odié pero no tanto como a López.

Es cierto que el tiempo no pasa en vano, querámoslo o no, cambiamos, para bien, para mal, es lo de menos. El niño queda, el adolescente perdura, la juventud se añora siempre, pero la adultez termina siendo una etapa pobre que ignoro si se podrá valorar en algún momento porque después se entra a viejo sin dejar de ser adulto. Morimos viejos, es cierto, pero adultos.

Fuimos niños unos diez, quince años, jóvenes otros diez, quince más y adultos todo el tiempo restante. En mis recuerdos López sigue siendo intolerable, el niño que nunca pude (ni podré ni quise) ser. Pero esa interminable y ambigua noche que mi mirada (no la del amanecer, la del hombre bien despierto que algún día será un viejo adulto) se topó nuevamente con López (pero era distinto a pesar de estar igual, ya no era López, el López que conocí, sino uno estirado como metro y medio más alto, con más vida acumulada y menos vitalidad).

Los sentimientos (esas conexiones que remiten los sentidos cuando se ponen en contacto, cuando ejercen sus funciones a cabalidad) me advirtieron, me afirmaron que quien permanecía allí sentado revolviendo con cansancio lo que a todas luces era un café, sosteniéndose cada dos por tres unos anteojos que parecían (y han debido ser) muy pesados, ese hombre adulto, albino, encorvado, solo, a todas luces triste, ensimismado, con aspecto de fraile, no era más una amenaza. Así lo sentí, pero no pude (no quise) admitirlo. Le pasé por un lado, pregunté a un mesero por el baño, hice lo que me urgía y salí por un pasillo opuesto. Quise comprar una soda, pero el pavor de que me reconociera me increpaba (temor inútil porque mi cabello largo, mi barba, mi altura y mi delgadez actual contrastan enormemente con el lampiño gordito y escaso que era, que fui, a los diez años).

De camino a casa pensaba, pensé mucho, como sólo se piensa cuando se está solo conduciendo y el tránsito es pobre como la mayoría de veces los domingos, aunque ese día había una feria de libros en donde estaría Raquel, y los alrededores de la Plaza Altamira bullían con gente saltando de un lado a otro, obstaculizando el paso vehicular, pero más abajo la Juan Bosco, hacia la autopista, andaba libre y allí sí pude seguir pensando (olvidando que debía recoger a mi esposa en alguna esquina donde no estaba), con la mente puesta en López, su imagen fija y duradera, fijo, como era entonces, como continúa siéndolo, como debía seguir junto a su café, mirando la esquina de su mesa como se ve la nada, soportándose la montura de los lentes como se toleran los años, un retrato andante, una figura articulable para modelar, para componer un stop motion, como deben ser sus recuerdos: los de él sí deben permanecer en un cajón, fotos, repeticiones.

 

 

II

La memoria que todo lo rescata y todo lo magnifica, mi memoria, ha resuelto identificar la madrugada de ese lunes como una misma fecha fracturada en dos, prolongación del sueño matinal y de una discusión fraguada la noche anterior, entre cansancio y rebelión, después de una cena alérgica.

Es preciso el término fracturada: implica ruptura, crujir, movimiento, desplazamiento, herida, dolor, hinchazón, crisis que sólo puede ser sanada con intervención, inmovilización, yeso, cabestrillo, reposo, quietud. No puede haber fracturas buenas, nada que cruja, rompa, duela o se hinche puede ser bueno. Nada que necesite intervenirse o reposarse se admite como provechoso.

Mientras subía por la principal de Los Ruices (avenida solitaria y oscura), sonó el celular. Había olvidado a Raquel, me estaría esperando, enojada o no, pero yo sí debía estarlo, porque dejé las llaves en casa, porque Raquel no estuvo donde debía estar esperándome (eso creo, eso argumentaría en mi defensa), porque López había reaparecido sin necesidad y esa noche se estaba pareciendo a un recuerdo compuesto como la metáfora audiovisual que más me enerva: celular sonando + López inerme + llaves de casa + calle negra y silente + Raquel en la Plaza Altamira + mi rostro incrédulo en el retrovisor.

En un semáforo revisé el recado, decía (se excusaba) que tomaría el Metro, llegaría rápido. Si esa alternativa la hubiese ofertado antes, me habría ahorrado manejar hasta La Castellana, habría evitado a López, su evocación y, quizás, ese domingo habría finalizado como todos los fines de semana y no como terminó (que no terminó).

El mensaje que le escribí en respuesta ha debido contener (además de las indicaciones de encuentro) un desafío, porque cuando subió al auto apenas pudo esbozar por saludo un parco “¿Cómo te fue?”. Era obvio que de saludo tenía poco o nada, una pregunta para molestar, para recriminar.

Un viaje que se hace en dos horas me había costado casi cinco, ella lo sabía, la pregunta era de por sí una afrenta, una provocación. Hasta llegar a casa nos mantuvimos eludiendo la confrontación pero preparándola, atizándola con disimulo e insistencia como hacíamos con todo (también con las pasiones, con los afectos).

La nuestra, vista desde afuera, era una relación perfecta (ya he sugerido antes lo difuso, lo execrable del sentido de la vista), nadie nos vería nunca recriminándonos como suelen maltratarse la mayoría de las parejas con quienes compartimos, como casi todas, gritos, recriminaciones, menosprecios. Si no fuese una condición común no existirían tantos chistes en torno al matrimonio, sobre la impasibilidad de la mujer, acerca de la intolerancia del hombre.

Dentro del ascensor pensé (recordé) una pequeña historia de Ambrose Bierce: un sujeto se apiada de una inconsolable viuda que llora sus penas sobre una tumba y la inquiere a rogar que la misericordia del cielo le depare, en algún lugar, a otro hombre con quien ella pueda aún ser feliz. “Lo había”, solloza la mujer, “lo había, pero ésta es su tumba”.

Reí y Raquel me observó como se escruta a un mosquito al que se ha palmeado pero que igual ha dejado el escozor de la picada y el dolor del manotazo en el cuerpo y los pequeños y asquerosos rastros de sangre.

Como ignoraba la causa de mi repentina alegría, su amargura se incrementó. Pensé, por primera vez, en lo limitado de las percepciones, en la pobreza de los sentidos, en especial el de la vista. Nadie es feliz en el matrimonio, como pareja, pero tampoco se es tan miserable (para el hombre esta es la mayor ventaja).

Las mujeres buscan casarse para reproducirse. Esto lo supe mucho antes de siquiera comprenderlo, debido a que la madre de López no tuvo, porque no quiso, marido. Y, paradoja al fin (otra vez las percepciones), lo que estrechó la amistad entre ella y mamá fue la misma causa de su ruptura (fractura), que se produjo cuando ya finalizábamos la primaria.

La hermosa y vivaz Señora López (el chico portaba sólo el apellido materno) había despertado en mi madre una compasiva adhesión que la hacía repetirnos (en la intimidad de un almuerzo, en un paseo en carro) las virtudes de esa “solitaria y resistente, de ese palo de mujer” que debía sortear las labores de padre y madre quién sabe por el abandono de quién (contrario a los halagos que dirigía a López, que nunca soporté, los piropos a la madre me reconfortaban).

En los años que compartimos (no sólo las clases, los cumpleaños y hasta algunos fines de semana en nuestro apartamento de playa en La Guaira) Beatriz, mi madre, se abstuvo de indagar (por respeto, por solidaridad, por discreción) sobre la visión, deseos e historia de la mamá de López (con el nombre del hijo también borré, lamentablemente, el de la madre). Satisfecha con el ideal de mujer soltera y valiente (otra vez el sobrevalorado sentido de la vista), nunca imaginó que la misma mamá de López era quien había evadido el rito nupcial (no hubo abandono, ni sufrimiento femenino).

La aclaratoria la expuso una tarde de playa, soleada pero fresca. Papá bebía cervezas y escuchaba boleros bajo una sombrilla junto a la camioneta. López (como siempre) levantaba un castillo en la arena bien lejos de mí, las mujeres permanecían sentadas en dos sillas no muy lejos del arenoso e infantil constructor, cuando me acerqué a espiarlas (porque me aburría, como de costumbre). Su voz (la voz de la mamá de López) era firme con no poca dulzura. Aún recuerdo su narración desprovista de pudor.

“Señora Beatriz (era un par de años menor que mi madre, pero siempre la trató de usted), una busca casarse para tener hijos, no para mantener a un hombre. Yo quería uno solo y ahí está (señaló al niño), no quiero más y los que vengan, los que han venido (esto último lo enunció con una corrección pícara que debe haber horrorizado a mi pulcra madre, a quien yo no miraba o no recuerdo) saben que él (López) es el único y no podré compartirlo”.

Aquello me pareció la más envidiable declaración de amor y, por el contrario, a mi madre ha debido sonarle a lujuria y rubor porque nunca más compartimos un sábado ni un domingo ni ninguna otra reunión del colegio con ellos y desde entonces todo sería lejanía y evasión. Lo bueno fue que mi Beatriz no mencionó otra vez al bueno de López, lo malo es que ya no era necesario, igual me seguiría a todas partes, hasta esa mismísima noche enferma de domingo lunes cuando volví a verlo, revolviendo ese café con la misma parsimonia con que antes edificaba castillos de arena.

 

 

 

III

Hay noches que terminan mucho después que el día, con su rubio telón de nubes y bostezos, se proclame. Hay noches que son como días contenidos en una aspiración incumplida, como un paréntesis repleto de ideas que nada tienen que ver con la oración que le precede o le abrevia (un regreso marchito, una arepera y dentro de esta una figura interminable, una ruptura sólo posible en el mediodía de una noche amaneciendo). López y su aparición fueron (han sido) un paréntesis inevitable dentro del rictus de una fecha que no ha sido (que no termina de ser).

Raquel, después de la cena, se calmó. Dejó de llorar y, con el rostro de quien se apiada de un animalito indolente, me sujetó las manos. Su rostro estaba por encima del mío. Tragó saliva un par de veces y mantuvo esa mirada de pena, de lástima, de pudor.

“No lo entiendes, Agustín –me dijo- Es tan triste, no quiero creerlo”. Hablaba con tristeza, con compasión. “No sé cómo ayudarte”. Esta última frase me quedó dando vueltas. Me deshice de sus manos y me fui al baño.

Tampoco es para prevalecer un sentido sobre otro o denigrar alguno (sino se denigran todos). También sucede que allí donde debuta una mirada, antes ha palpitado una instancia de tacto que ha sacudido a los párpados de su sueño, dejando a los ojos recabar lo que mejor saben.

 

Esa mañana, que como ya he dicho se inició mucho antes (y que no terminó sino cuando ya era demasiado tarde para darme cuenta que no culminaría), me trajo además de la expulsión de la cama y un agotamiento imprevisto, una certeza reveladora. La noche anterior, esa misma noche de ese día que se negaba a despuntar, Raquel habló con claridad y en cierto modo avizoró lo que vendría al amanecer, cuando me levantara y buscara la calle nuevamente (definitivamente). Con dificultad habíamos contenido los reproches pero la cena, la alérgica cena de mariscos viejos, melló las resistencias.

 

Nadie es feliz, eso lo sabíamos antes de juntarnos, de casarnos. Para nosotros nunca fue la excusa, como lo es para mucha gente. Nunca nos propusimos parecer alegres, confundir a los demás con nuestra felicidad (con la visión de nuestra felicidad). Si esto ocurrió se debió más a un error de percepción de los otros que terminó (o intentó terminar) por convencernos que era cierto.

Peleamos como nunca esa noche, dijimos y desdijimos, revelamos lo que parecía oculto o ni siquiera, esas cosas que sólo se exponen cuando no hay más remedio, cuando la intención es acabar de una vez por todas con todo, como si nada de lo anterior ganado valiese la pena recuperarse o mantenerse.

Raquel promulgó las últimas palabras (que aún me rondan como me ronda López y sus urgencias) y luego se calló como no lo había hecho desde que la conocía (y eso que se trata de una mujer supremamente reservada).

La miré como se observa una nube a punto de ser borrada, como se escruta la primera visión mañanera, parpadeante y sombría. Ella se marchó al cuarto, creo que lloró (o eso me pareció o me gusta creerlo) mientras yo me fui hacia el baño mirando el pasillo como se mira la vida dejada atrás, incrédulo y confiado en que el mundo se estaba desplomando. Me desvestí, me miré desnudo concienzudamente en el espejo, develé todas las manchas, lunares, rosetas, las partes pulcras, casi conté todos los vellos y poros de mi cuerpo, no sé cuánto tiempo permanecí allí parado observando ese espejo como si fuese mi cuerpo, observando cómo luego o después o antes miraría la sombra del amanecer de esa noche que no terminaría ni cuando empezase a prepararme para salir de casa, como lo hacía todos los días en la liviana madrugada.

Nada sabemos (o entendemos poco o ponemos en duda) de lo que se articula en el despertar hasta que reconocemos algo con la mirada, pero lo que esa mañana arrojó sobre mi vista no fue un brillo ni una sombra ni un reflejo, parecía más bien una contemplación, una advertencia, el recuerdo (el pensamiento) de unas palabras leídas unos días atrás en una página de Octavio Paz: “Los sentidos son y no son de este mundo. Por ellos la poesía traza un puente entre el ver y el creer. Por ese puente la imaginación cobra cuerpo y los cuerpos se vuelven imágenes”. Esto último lo enuncié con firmeza (mis primeras palabras del día, de la noche, mis primeras palabras como un hombre libre o despreciado o abandonado, como pensaba mi mamá que era la sufrida y sola madre de López) quizás las pronuncié con la misma fuerza con que Raquel había proferido su rabia contenida después de la cena. “La imaginación cobra cuerpo y los cuerpos se vuelven imágenes” “la poesía traza un puente entre el ver y el creer”.  Me levanté.

“Un puente”, me repetí esta vez pensando. Raquel yacía despierta (no podía ver su rostro, pero sé que estaba atenta) mirando hacia el otro extremo de la cama (no había querido voltearse para verme, estaría triste, estaría apenada también, no porque no haya sido verdad lo que dijo sino por la forma, quizás por que ahora reconocía de verás la ruptura –la fractura- y eso siempre atemoriza por más que se sepa que es inevitable y es lo mejor).

Dormimos (por última vez) bajo el influjo espeso de unas sábanas que olían a mortaja y sudor, un exagerado hedor de sueños.

En el baño me miré una y otra vez, desnudo (¿o fue la noche anterior o también esta mañana?). Me duché con fruición (como quien busca la asepsia con delirio), me afeité impecable, me vestí rápido y salí de casa sin echar una mirada definitiva a Raquel. El ascensor esperaba. Lo abordé como quien espera subir cien pisos, pero mi destino era la planta baja.

 

Hay días que comienzan mucho antes del amanecer, hay noches cuya oscuridad se prolonga más allá del alba que debería retenerlas. Mientras bajaba en el ascensor tembló fuerte, con impunidad. El aparato se resquebrajó. Fragmentos de espejo estallaron clavándose en mi cuerpo como dagas diminutas algunas y gruesas otras, un cable atravesó la cabina como un látigo demandando una víctima (rebanó parte de mi pierna derecha). Floté, el impacto (cada vez mayor) me aventó contra el techo, contra las paredes. Las puertas se abrieron y salí expulsado por una rendija entre pisos (esto parece inverosímil, pero me lo contó Raquel, que fueron los vecinos del piso dos quienes se toparon conmigo cuando salían espantados por la turbación).

 

En un temblor, en un terremoto lo que está mal construido o débil se derrumba, se lo traga el movimiento. Esta fue la metáfora que utilizó Raquel (o algo así, no importa) esa noche que era más domingo que lunes, pero que para mí había dejado de ser un día y era ya lo que es ahora, una fractura en el tiempo, en las emociones, en mi cuerpo, en mi vista.

Raquel se había anticipado al sismo, me había hablado como si yo fuese López y ella me hubiese visto después de veinte años y no veinte meses (que es lo que llevábamos casados). La recuerdo ahora como no podré verla jamás, de pie junto a la mesa, con los gestos cortos y las palabras afiladas: “Nunca, Agustín, nunca me han gustado los exultantes (esta palabra y las siguientes las afincó) los pisa pasito, esos sujetos que salpican todo y se hacen notar sin escándalo (o con escándalo, pensé mientras la observaba erguida con autoridad, bella como si estuviese aún enamorado de ella), en quienes se cree todo el tiempo, más por su perseverancia y método que por su sensatez o talento, como tú Agustín. Así pienses que no y le eches la culpa a tu madre o al niño ese que nunca dejará de hostigarte”.

 

IV

Cuando mi madre escuchó por boca de la madre de López, que ésta era como era y que no cambiaría, como tampoco lo haría López por más que pasaran mil años y el viento y la tierra y todo y nada dejasen de existir, entonces noté en el condenatorio rostro de mi madre, una aprobación. López seguía en la arena, detallando complejos pasadizos en los alrededores de su castillo. Lo que ignoraba (o sabía poco o intuía mal) era que por uno de esos sinuosos caminos cortesanos estaría esperándolo una condena como la que mi Beatriz le espetó (con su silencio y leve mueca) a su madre. Mujer e hijo versus mujer e hijo.

Esa tarde de playa sería distinta e imborrable no tanto porque a López se lo tragara el mar impasible, sino porque nadie entendió nunca cómo pudo ahogarse ese niño que pocas veces se atrevía a pisar el agua. Lo que nadie supo y nadie preguntaría es que la arena edificadora lo mismo fomenta castillos que sepulcros.

Y ha debido ser un domingo aquella tarde de playa cuando despareció hasta esta otra en que revolvía el café como si fuese el espeso mar donde lo hundí alguna vez, convocando remolinos y abismos para mí. Un día que comenzó hace años y no ha cesado, sólo se ha magnificado con mis respiraciones y culpas.

 

La noche previa al temblor (después de salir del ascensor y reírme mentalmente con el cuento de Ambrose Bierce), le conté a Raquel todo lo que debía saber sobre López, que por andar esperándola a ella esa tarde, mi infausto compañero del pasado había regresado. Yo no quería discutir, pero mi mujer (mi ex mujer, mi ahora enfermera, mi culpable cuidadora), sin mirarme (descartando el sentido de la vista), alzó las manos y explotó, gritó y gritó, con más fuerza y más dolor con que ese sismo me atraparía en la mañana de ese día siguiente que nunca dejó de ser domingo, maltratándome y privándome (entre otras cosas) de la vista.

Desde entonces he pensado más (no puedo ver, pero pensar es mejor que ver con la vista, ese sentido esclavizante). Pensar es recordar, avizorar, crear, construir, elevar. Lo opuesto a fracturar.

Ahora pienso en López de otra manera, en sus virtudes, en lo buen amiguito que sería hoy en día si yo tuviese la edad que tengo y él la que acostumbraba cuando éramos niños. En estas sombras lo sigo viendo como única luz para mis expiaciones.

Pero hoy no hay niños así, todos son pesados, hirientes, caprichosos, como lo era yo entonces, como lo seguí siendo de adulto, como espero dejar de serlo alguna vez, cuando acaezca esta impenetrable y fulgorosa tarde de mi interminable día.

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