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La Última Muerte de un Reencarnante forma parte de una serie de historias e ilustraciones titulada Reencarnantx, en las cuales trabajo desde el año 2007. Viene a ser una suerte de spin off de una de las tramas eje.

La Última Muerte de un Reencarnante no integra el conjunto central de las historias Reencarnantx.

A continuación, los dos primeros capítulos de esta pequeña historia:

 

I

El 20 de julio de 2008, a eso de las 5 de la mañana, recibí una llamada arrebatadora de quien llamaré C.B. Ariste, director asociado de Producciones Enfisema, una de las casas audiovisuales para las que laboraba como guionista freelance.

Con excitación poco disimulada me exigía una reunión de urgencia para definir rápidamente las directrices de un reportaje que podría convertirse no sólo en el gran punch de Enfisema sino en “La Gran Historia Jamás Contada.

No recuerdo cuál de las dos sentencias me pareció más desproporcionada. Sin embargo, bien por el sueño que me nublaba o por la escasez de trabajo, accedí verlo de inmediato en mi apestosa guarida.

Intenté permanecer despierto, pero me resultó inútil. Rápidamente soñé con un hombre que venía a visitarme, pero no era Ariste, sino un tipo extraño, flaquísimo y pálido, cuyo rostro ni voz me eran posibles reconocer y que, al tocarme, desaparecía emitiendo un pitido intermitente. Un sonido idéntico al de mi intercomunicador que, en ese momento y para mi fortuna, empezó a sonar. 

Ariste tendría unos diez años más que yo, pero los disimulaba con atropello. Se alimentaba y vestía con depurada elegancia, además de ser un consecuente cultor del físico, tanto en lo anatómico como en lo cosmético. A mí lado, famélico y ojeroso, era todo un portento.

Con esa fulgurosa vitalidad, amplificada por las manchas de sudor en su chándal, arremetió en mi grisáceo reducto con una propuesta escandalosa: Recrear la historia del culpable de la Masacre del Tejado.

En mi fuero interno, en esos segundos melancólicos del sueño matutino antes del arribo de Ariste, en verdad creí en aquello de la “Gran Historia Jamás Contada”, en premios y festivales, en entrevistas en HBO, en viajes alrededor del mundo, en chicas, muchas chicas de todos los colores y tamaños. Pero la crónica de un mísero asesino, un triste psicópata de galería, cuando mucho daría para una transmisión medianochera que asegurara unos tres o cuatro meses de renta de mi diminuto y mugroso apartamento.

Ariste, sin embargo, rebosaba energía y un entusiasmo imposible de contagiar.

II

En enero de 2007, en la terraza de un pequeño edificio abandonado de una populosa zona de la ciudad, fueron encontrados los cadáveres de cuatro mujeres y dos hombres, todos mayores de setenta años. Estaban dispuestos en forma radial con las cabezas juntas. Presentaban incisiones en la nuca, realizadas con un arma punzo penetrante, heridas que habían sido identificadas como causantes de la muerte.

Los cuerpos reposaban en postura fetal, desnudos y sin indicios de haberse resistido al ejecutor (varios opinadores asomaron la posibilidad de una cooperación entre los ancianos y su victimario).

Sin embargo, los medios más importantes dejaron por sentado que los fallecidos habrían actuado bajo los efectos de algún sedante o inhibidor de la voluntad. Pero esto no pudo ser constatado en las autopsias, bien porque se tratara de un químico de fácil disolución, por la tardanza en los análisis de los cuerpos o, sencillamente, debido a la impericia de los forenses.

No se encontró parentesco ni filiación alguna entre las víctimas y, a pesar del revuelo mediático de los primeros días, la conjetura fácil arrojó que aquello era otro sacrificio colectivo de una discreta secta religiosa. Además, nadie reclamó los cuerpos, lo que despojaba de morbo todo el caso.

La información anterior la obtuve haciendo búsquedas en internet y consultando a un par de amigos periodistas. Si no hubiera sido por el trabajo que llamaba a mi puerta, no me habría preocupado por la muerte de estos, aparentemente cándidos, viejitos.

Luego de leer ese cúmulo de datos e investigaciones, no podía negar el interés y cierto entusiasmo que me despertaba la Masacre del Tejado. Pero no era menos verdadero que la marginalidad y la cantidad de asesinados (apenas una media docena) le hacía palidecer ante suicidios colectivos de otras épocas, como los 900 muertos de Jim Jones y su Templo del Pueblo en Guyana, o los casi 80 de David Koresh en Texas, amén de la exuberante personalidad de ambos verdugos o de otros como Marshall Applewhite y su secta Puerta del Cielo.

Si a esto le sumaba la escasez del expediente policial, al que accedí más tarde, y la febrilidad de mis contratantes, era decepcionante no contar con suficiente material para desarrollar una apasionante y metódica historia.

En el pasado ya me había topado con productoras que exigían con algarabía el gran guión. Me transmitían falsa confianza: “Te regalamos la mayor libertad creativa Agustín, ¡desbórdate!” Pero luego ninguna financiaba investigación ni asesoría.

Era una manera ridícula y provinciana de hacer creer al personal que ellos eran vanguardia, estimulando la innovación, pero en realidad solo se trataba de negocios intentando sobrevivir con la mayor ganancia para sus propietarios, sin importar que las producciones las vieran sólo dos pendejos.

Enfisema era una de estas.

Si quería lograr un proyecto medianamente bien elaborado debía hacerme de informantes que yo mismo sedujera y escurrirme en instancias criminalísticas, sin más recursos que mi simpatía y, como ya he dicho, mi pálida y nula gracia humana. De modo que ya me vislumbraba en un nuevo limbo, inventando soportes y experticias para armar un relato que Ariste o Pretucci -el otro director de Enfisema- interpretaran con su calamitosa estética financiera.

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