Este proyecto fue una instalación presentada en el Museo Arturo Michelena de Caracas, en el año 2011. a continuación el ensayo inspirador.expo-cajon2Nuestro desplazamiento diario constituye una constante evasión de obstáculos; por ejemplo, para salir a la calle necesitamos 3, 4, 5 llaves: de la puerta de casa, del protector, de la puerta del edificio, de la reja del estacionamiento, etc.

Por todas partes, en todos los rincones de la ciudad, es común observar que las casas, residencias, apartamentos, edificios enteros, negocios y los diversos espacios arquitectónicos de interacción y vivencia urbana han sido intervenidos por rejas protectoras, portones blindados, sólidas murallas y cercos eléctricos.
Mirar tampoco es fácil en la ciudad. Para observar libremente debemos alejarnos de Caracas, al Ávila, al Litoral.

 

expo-cajonLa mirada ya no está limpia: la ventana posee marco, vidrios y barrotes. Las rejas son el artilugio infaltable de toda construcción. En lo primero que invierte el propietario de una casa nueva es en las rejas, en el encarcelamiento, en el aislamiento frío y metálico de las vigas. Y a estas se le suman además sus cualidades particulares: angulosidad, fiereza, grosor. En las casas su terminación superior puntiaguda, amenaza y advierte. En los balcones, cierto volumen invade el vacío arremolinando la nada. Ni siquiera importancia estética posee, es un accesorio en serie, vulgar, como un bloque de cemento o una lámina de zinc.

Video (fragmento) Ciudad Tras Las Rejas
La vivienda pierde su valor de escenario familiar por el de trinchera, donde el individuo de la urbe se arrincona, aísla y reduce. Incrementa su ignorancia y desprecio por el entorno, del mismo modo que para un reo su celda lo resguarda de la hostilidad externa y de la irascibilidad de los vecinos.
Nuestro hogar es una recreación minúscula de nuestra ciudad y a ésta la tratamos como a un delincuente, la hemos acorralado a un rincón del escenario urbano, execrándola tras rejas, cercas y portones pesados, como un criminal que debe pagar sentencia. Y con la ciudad nos hemos incriminados a nosotros mismos, habitantes de un retén mayúsculo y creciente. Cada minuto, cada día en la ciudad surge un nuevo barrote, una nueva celda para asilarnos (y aislarnos) cual condenados.

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El caraqueño es un prisionero silente y furioso, ansioso y celoso dentro de su calabozo en donde se arrellana intentando impedir que la irritación externa arremeta en su espacio, algo que no logra. Por el contrario, el encierro lo invade más allá de lo puramente espacial, en lo comunicacional, en lo simbólico de su identidad, en su internación exagerada de la que sólo escapa (apenas) a través de los escenarios virtuales que ofrece Internet. Libertad virtual promovida por un encierro real.

 

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