Martes 3 de marzo de 1998. Veinte años atrás. Once meses antes del 2 de febrero de 1999.

Un niño de once años, trajeado con su uniforme del colegio (en Venezuela una camisa blanca, pantalón y zapatos oscuros), quizás un morralito a cuestas, le pide a un chófer de bus que le lleve hasta el aeropuerto internacional de Maiquetía. El conductor, imagino que poco amigo de los cuestionamientos, cumple con su labor y lo “baja” hasta La Guaira. Una vez dentro del aeropuerto, el niño pregunta a otra persona dónde se toman los aviones a Estados Unidos y, nuevamente, otro adulto enemigo de las preguntas le orienta.

El niño se llama Mcgregor Ramos pero ese día nadie le ha preguntado nada, menos su nombre.  Y continuará así hasta subir a un avión que le llevará primero a Amsterdam y, trasbordo de por medio, a Budapest, donde finalmente un azafata cumplidora lo descubrirá resguardado en el baño. Las primeras palabras de Mcgregor serán “¡Llegamos a Estados Unidos!”. La motivación del chico, confesaría más tarde con tierna elocuencia, era viajar a Disneylandia a conocer a Mickey Mouse.

En las pocas reseñas que quedan a la mano en google, se dice que portaba 60 bolívares (ese mes el cambio del Bolívar x Dólar era 523,16) y aparentemente tenía problemas de aprendizaje… Que no le impidieron, a sus once años, convertirse en el niño polizón más relevante de la historia venezolana. Y también en el más olvidado.

¿Qué habrá sido de Mcgregor Ramos? ¿Seguirá en el país, habrá emigrado, será una cifra más de las estadísticas de la delincuencia, habrá llegado a conocer a Mickey Mouse? Creo recordarlo en una foto de la época con su cabello lacio en corte de totuma. Creo, no estoy seguro. Antes se podía fotografiar a los menores y aparecer en prensa. Las notas que he encontrado para escribir estas líneas, solo refieren vaporosamente lo acontencido, pero sin rigor ni detalles valiosos. Y tampoco aparecen imágenes.

Es posible que, en aquella época, no todos los adultos fueran unos indolentes, pero hubo una especial alineación cósmica para que a Mcgregor le tocaran solo los más descuidados o cándidos. A lo mejor eran fragores de la época. Venezuela, como Mcgregor, estaba padeciendo en esos momentos la mayor de las somnolencias, tal vez por la misma alineación astral que favoreció al niño polizón: todos creían estar viajando a Disneylandia pero no se daban cuenta que el avión tomaba otro rumbo, caribeño y carcelario, rudimentario y hambriento.

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Conocer a Mickey Mouse debía ser el sueño más común de los venezolanos de entonces y, sin duda, de casi todos los niños. Un sueño que, seguramente, la pesada década de los noventa fue opacando con los continuos golpes de estado, el  gobierno de transición, las crisis bancarias. Pero a Mcgregor no se le diluyó esta aspiración, por el contrario, quiso llevarla a cabo con entusiasmo y convicción. Quizás se figuraba el horror que vendría en los próximos años y no vio mejor ocasión para escapar que aquella del 3 de marzo de 1998, tomando un avión a Amsterdam. Un avión que, como la carroza de aquel cuento, se transformara en calabaza y lo dejara, antes de la medianoche que caería unos pocos meses después, frente a un Magic Kingdom perpetuo.

Quiero creer que Mcgregor fue un pionero y un ser sensible que intuyó la oscuridad y quiso, desesperadamente, eludirla. Un niño que, en su inocencia, se imaginaba en otro lugar, viajando hacia un sueño. Un venezolano que soñó todo lo que pasaría luego y quiso volar, lejos, muy lejos, en clase turista, sin restricciones aduaneras ni homologación de títulos ni apostillas. Libre.

Hoy muchos, sino todos quienes aspiramos libertad, podemos encontrar afinidad en ese pequeño niño polizón venezolano. Muchos deseamos tomar un avión que nos lleve muy lejos de la pesadilla o que nos acerque al sueño que, a pesar de las dificultades, todavía latía a finales de los noventa. Como lo hizo Mcgregor, con apenas 60 bolívares en los bolsillos y una mochila cargada con unos pocos cuadernos, lápices y colores.

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