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Un trazo en la pared, antes. Ahora en un cuaderno, en un papel y, sí, también la pared. La primera expresividad manifiesta. No sabemos de dónde viene la necesidad de expresarnos pero no podemos evitarlo. Es un acto que evidencia que aquello que guardamos dentro podemos extenderlo más allá de las fronteras de nuestro cuerpo. Es la primera constatación de que nuestra entidad es tanto la pisada como la huella marcada en el fango.

Lo que expresamos en el acto creador
sería apenas una pieza que
busca encajarse en un mecanismo mayor.

La tinta en la pared es vista, leída y apreciada no sólo por quien la traza sino por todo aquel que es capaz de intentar descifrarla. Para disfrutarla, descomponerla o borrarla. Y es interpretada de maneras diferentes del mismo modo que no hay un trazo igual a otro.


Esto podría llevarnos al punto de entender todo acto individual como una letra de una frase que sola no dice mucho, pero cuando se junta con las letras que otros enuncian entonces se descubre el símbolo que nos revela. Una palabra que llevamos dentro desde antes y que busca la corporeidad humana como instrumento para expandirse. Lo que expresamos en el acto creador sería apenas una pieza que busca encajarse en un mecanismo mayor. ¿Esta es la finalidad del acto creativo: no el enaltecimiento de la deidad individual sino, por el contrario, el atrevimiento en reconocer que necesitamos transmitir para comunicarnos con otros, para lograr descubrir un lenguaje que aún desconocemos o que hemos olvidado y es imperioso reformular?

Los primeros hombres hablaban poco pero dejaron relatos en tallas y en formas pintadas, quizás como primeras manifestaciones de un idioma insospechado que seguimos convocando. No recordamos a un individuo de entonces sino a poblaciones, culturas, tribus. Posiblemente lo que somos reside más en el cúmulo que en la diáspora. A lo mejor nuestra entidad es como un grano en una polvareda moviéndose al compás del viento universal.

Cada trazo en un muro puede ser un fragmento del mapa que nos lleve de regreso a la tormenta de arena, viajante sempiterna, a la que pertenecemos.

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