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Ni siquiera sabemos con certeza cuándo aparecimos. Creemos conocer cuál es nuestra línea ancestral pero esta también se detiene en un punto donde todo se vuelve descaradamente nuboso. Quizás el problema no sea nuestro origen real sino el momento en el que se fraguó esa necesidad por querer descubrir nuestro origen real. ¿Es importante saber de donde provenimos como humanos? ¿Nos dará esta investigación tan ambiciosa la respuesta a lo que somos? ¿Alguna vez encontraremos, por este camino, la primera puerta por donde arribamos a este mundo?
Es posible que haya algo escondido detrás de lo que somos, posiblemente detrás de lo que buscamos conocer.
Hay una parte de nosotros buscando siempre distraerse con el encuentro de sensaciones, placeres y revelaciones pero luego hay otra instancia de nuestro ser que cobija conformidad, sin ímpetus, que agradece un silencio y se perfecciona en un hacer continuo sin demandar incógnitas. Es decir son dos ámbitos opuestos, uno propenso a lo exterior y otro interior. ¿Qué somos, ambas cosas o sólo una de esas partes queriendo prevalecer sobre la otra?

Es hora de volver a esa caverna, la tinta ya no es necesario prepararla,
se nos escurre como ideas, pensamientos y emotividad.


Es evidente que lo exterior atiende a nuestra parte homínida, al traje que nos recubre y que requiere un tipo de mantenimiento “de este mundo” visible y palpable. Entonces lo interior ameritaría una aproximación diferente puesto que las nociones provendrían de un lugar del cual no tenemos referencias medibles o cuantificables.
Todo aquel que se aproxime a describir un viaje astral, una experiencia espiritual o un recorrido transtemporal se expone a una descalificación más segura que a la que puedan estar sometidos quienes calculan, o han calculado, si el sapiens lleva 50, 100 ó 195 mil años recorriendo esta irregular esfera de tierra y emociones. Siempre habrá la exculpación de la perfectibilidad tecnológica, cada vez más precisa, en apariencia, con el transcurrir del tiempo. Pero la “comprobación” de las exploraciones inmateriales no se perfeccionan con el pasar de los años. Por supuesto que no, porque su ámbito no es, nuevamente lo digo, “de este mundo” visible y palpable.
Ahora ¿Cómo sería considerado si confieso acá y digo que he hecho un recorrido e indagación no mensurable en el que he constatado que no somos eso que hemos estado buscando descubrir y que, anclados en esa parte de nuestra entidad, sólo nos entretendremos por muchos más años y siglos y siglos hasta que, finalmente, descubramos por hastío que los métodos empleados no han servido más que para mantenernos extasiados en nuestro poderoso reflejo?

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Sabemos, porque lo hemos visto, tocado y fotografiado, que hace unos -probablemente- 35 mil años hombres como nosotros se encerraron en una cueva no sólo a protegerse del clima sino a interactuar, a descubrir y preparar pigmentos, identificando que los colores podían ser una extención de ellos que los pusieran en contacto con el mundo en donde habían aparecido.  Embadurnaron los muros con sus evocaciones y nacieron, sin coito, bisontes y cabras y más hombres con lanzas y texturas. Y nos enviaron un legado de aproximación.
Es hora de volver a esa caverna, la tinta ya no es necesario prepararla, se nos escurre como ideas, pensamientos y emotividad.

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