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Hay un bisonte en el recuerdo más recurrente de mi niñez. Ha sido la única mascota que he querido tener, con la única que he soñado.

No estoy seguro si fue en un laminario de artística, en el libro de historia universal de mis hermanos o en mi inseparable pequeño Larousse de aquellos días, pero mirar por primera vez una reproducción de las paredes de la Cueva de Altamira fue, no sólo conectarme con un pasado que desde ese instante empecé a sentir como propio sino, en cierto modo, atender un llamado de, digamos, el destino. Si ahora dibujo, diseño o ilustro quién sabe si es honrando a aquel primer encuentro con ese animal trazado en una roca con formas que todavía me siguen resultando encantadoras.

Animal hermoso, robusto y tímido,
con una mirada enfocada sólo en los suyos,
modelo perfecto que ignora la mirada de quien lo capta

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He dibujado muchas veces ese bisonte, uno en particular, encorbado con sus patas peludas muy juntitas, en impulso de huida y su melena henchida de rojos, ocres y amarillos extendiéndose más allá de los muros de esa cálida caverna, viajando por la oscuridad de miles de noches hasta nuestros días. Animal hermoso, robusto y tímido, con una mirada enfocada sólo en los suyos, modelo perfecto que ignora la mirada de quien lo capta y lo ¿caza?… ¿Es un epitafio esa pintura? O no es más que el tributo de ese artista venerando la velocidad y energía de un ser potente e inalcanzable. Quiero creer esto último, que en esas pinturas está encerrada la seducción de esos primeros sapiens no tan atentos a ellos mismos (¿se había inventado ya el ego?) como sí en aquello agitándose frente a sus ojos exploradores, novedosos. Testigos agradecidos y silentes de un mundo vigoroso al que no pretendíamos domesticar.

Por años pensé en mi bisonte y nada más que en él, pero llegó un momento en que fue inevitable ver cómo, proyectándose desde las palpitaciones del animal marcado en la roca, aparecían uñas, dedos y, finalmente, las manos de ese ancestro inquieto, triturador de piedras, mezclador de humedades, a quien entonces empecé a ver frotándose sobre las paredes de su caverna, untándolas con esos maravillosos bisontes, venados y sueños.

Me gusta pensar que algo nos sigue uniendo a él y a su animosa cohorte que llenó de luces y colores las frías y oscuras galerías de esa gruta primigenia. Ojalá que algo de ese aliento sea lo que nos siga impulsando a cubrir estos vaporosos muros binarios, revelando nuestros propios bisontes de pixeles y vectores en este mundo cada vez más viejo pero no menos fascinante.

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